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jueves, 20 de enero de 2011

Una visión sín límites

Leer: Mateo 28:16-20

Como hijos del Altísimo, estamos llamados a caminar con Él, ya sean gratas o difíciles las circunstancias. Ambas pueden ser un reto.


En tiempos buenos, podemos perder de vista cuán dependientes somos de Dios. Por supuesto, aun así necesitamos muchísimo su dirección y su cuidado, pero los "períodos" placenteros pueden empañar esa realidad y crear en nosotros una disposición de autosuficiencia. Para evitar esto, debemos disciplinarnos para llenar nuestras mentes con la Palabra de Dios, orar por su dirección, y escuchar su respuesta.

Por el contrario, los tiempos difíciles pueden acercarnos a nuestro Creador en busca de sustento y ayuda. Con Cristo a nuestro lado, podemos atravesar sin temor cualquier situación. Como lo advirtió el Señor Jesús, la aflicción es inevitable (Jn 16.33). Pero tenemos la posibilidad de elegir cómo responder. Podemos dejar que las situaciones dolorosas nos hagan más dependientes del Señor, o que la duda, la depresión y la ira nos invadan.

El Señor promete darnos todo los que necesitemos para sobrellevar bien las dificultades. Nuestra responsabilidad es permanecer a su lado, seguir donde Él nos dirija, y obedecer aun cuando no nos guste o no entendamos lo que está sucediendo. Nuestra meta debe alinearse con la del apóstol Pablo: "He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe" (2 Ti 4.7).

¿Dónde se encuentra usted hoy: en medio de una prueba, o de circunstancias placenteras? Esté consciente de que tentaciones tales como el desánimo o la apatía, pueden apartarlo de caminar con el Padre celestial. ¿Cuando salga de ese período podrá decir, como el apóstol Pablo, que terminó bien?

lunes, 15 de noviembre de 2010

Libremos nuestras batallas de rodillas

PASAJE CLAVE: Mateo 26.36-40 LECTURAS DE APOYO: 1 Reyes 19.15-19 Salmo 47.8 Isaías 40.31 Daniel 6.10 Hechos 1.8
Romanos 8.28, 37 Filipenses 2.8 Hebreos 5.7

Las batallas que confrontamos

Es innegable que todos confrontamos batallas que consisten en luchas de distinta índole.
Algunas de ellas son externas, como las de nuestras finanzas, nuestro trabajo o nuestra salud. Otras son luchas con enemigos internos como el enojo, el rencor o nuestra incapacidad. Todo eso surte efectos adversos en nuestra relación personal con Dios, lo que nos lleva a preguntarnos: ¿Cómo podemos ganarlas? Aunque no nos demos cuenta de lo que representan, ellas son parte de la guerra espiritual que confrontamos, por lo que debemos estar firmes en nuestras convicciones, renovar nuestra mente y resistir al diablo y sus embates. ¿Cómo es posible lograrlo? Siguiendo el principio de vida que dice: Libremos nuestras batallas de rodillas y siempre obtendremos la victoria.

Implicaciones de este principio

¿Qué quiere decir? Simplemente que tenemos el privilegio de acercarnos a Dios para presentarle nuestras peticiones como las percibamos en esos momentos. En lugar de hacer una oración rápida antes de salir cada mañana o en la noche poco antes de dormir, debemos invertir tiempo buscando el rostro del Señor y escuchando su respuesta. Surgen, entonces dos preguntas: ¿Por qué debemos librarlas de rodillas? ¿Cómo lo hacemos? El Señor Jesús es el modelo perfecto de esto. En Mateo 26.36-39 vemos que la noche anterior a su crucifixión Él sabía lo que le esperaba y que en el Huerto de Getsemaní “comenzó a entristecerse y angustiarse en gran manera” (v. 37) delante de tres de sus discípulos; que “se postró sobre su rostro, orando y diciendo: ‘Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú’” (v. 39). Pero no era que se rehusara a hacerlo, pues lo sabía desde mucho antes y ahora estaba dispuesto a hacerse “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil 2.8), sino que, sabiendo que en la cruz estaría separado de su Padre—aunque por poco tiempo—preguntaba si podría hacerlo de otra manera. Esa fue la lucha que Él libró contra Satanás y la ganó de rodillas clamando al Padre. (He 5.7)